Libros, el hombre mojado no teme la lluvia Libros, el hombre mojado no teme la lluvia

De vez en cuando, alguien nos devuelve la fe en el periodismo, no visita despachos, ni clona notas de prensa, ni reproduce palabras que le han dicho en una rueda de prensa, sino que sale a la calle y pregunta a las personas. Y, entonces, es cuando nos enteramos de lo que pasa.

La periodista Olga Rodríguez nos trae un libro de periodismo en estado puro. En “El hombre mojado que no teme la lluvia” nos ofrece el testimonio personal de los ciudadanos sencillos que sufren en Oriente Medio. No se trata de grandes políticos o líderes, la periodista no ha recorrido despachos ministeriales ni sedes de instituciones, son historias personales a través de las cuales nos presenta los conflictos que asolan la región, porque es a través de las personas como de verdad transcurre la historia y entrevistarlas es el modo más noble y humano de hacer periodismo.

Lo impresionante de estos testimonios supera muchas veces a las propias narraciones de ficción, pero son reales, esas personas siguen hoy sufriendo la tragedia que nos relatan en el libro. En él encontramos escritas las peores historias de horror, y no debemos olvidar que en algunos de sus capítulos, como las torturas en Iraq o el sufrimiento palestino, los ciudadanos de Occidente tenemos gran parte de responsabilidad. Lo que hace Olga Rodríguez es, sin duda, el periodismo en estado puro, es decir, recoger el testimonio de las personas sencillas que, contando su vida, nos explican la realidad. Lo primero que uno piensa cuando termina de leer cada capítulo del libro, es ¿y por qué ningún periódico, ni radio, ni televisión me había contado esto? ¿por qué el resto de corresponsales y enviados especiales no nos han proporcionado testimonios de ciudadanos normales como los que ha encontrado Rodríguez? Pues quizás porque periodistas y medios ya no piensan que periodismo era eso, salir a la calle y preguntar. Recuerdo la escena en Bagdad de la entrada de las tropas estadounidenses y el derribo de la estatua de Sadam. Los corresponsales de televisión nos lo contaban en directo desde la terraza de su hotel o desde la calle, y hacían su análisis de lo que estaba sucediendo. Detrás circulaban algunos ciudadanos iraquíes, pero a ninguno de estos periodistas se le ocurría girarse y acercarle el micrófono a un iraquí para preguntarle qué sentía o qué opinaba. Y era porque ya habían olvidado que el periodismo consiste en eso, en contar lo que pasa pero también en ponerle un micrófono a los ciudadanos. O quizás, peor todavía, porque ninguno de esos enviados especiales sabía árabe para conversar con el viandante, lo que nos puede dar idea de cuánto habrá podido conocer sobre el iraquí corriente.

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